El brillo de las navajas by Ralph Barby

El brillo de las navajas by Ralph Barby

autor:Ralph Barby
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Aventuras, Novela
publicado: 1978-04-30T22:00:00+00:00


CAPÍTULO VI

M. P. Savage se rebelaba interiormente ante aquel joven, casi un muchacho, consumido en el lecho de la agonía. Tenía los ojos cerrados y apenas se adivinaba el bulto de su cuerpo bajo la colcha y la manta. Se había consumido literalmente. Gramo a gramo, libra a libra, entregaba su cuerpo a la Muerte. Parecía imposible que aquel joven fuera el mismo que poco antes destacara como budoka en Liberty Garden.

La enfermedad, como siempre, había irrumpido traidoramente, metiéndose en el cuerpo de Leonard para roerle por dentro, envenenándolo y devorándolo.

— ¿Está en coma, doctor? —preguntó Savage, al médico que estaba junto a él.

—Todavía no, duerme profundamente. Algún día y no será lejano, se hundirá en uno de esos sueños y no despertará. Entrará en coma y así permanecerá algún tiempo, días, incluso semanas, hasta que sobrevenga la muerte.

— ¿Seguro que no hay posibilidades de salvarle?

—Seguro. Le hemos administrado todo lo más nuevo que se conoce e innumerables transfusiones de sangre. De no ser por ellas, habría muerto ya.

—Sí, ya sé, pero como ha habido casos en que se ha podido salvar al enfermo...

—Casos excepcionales y porque reciben trasplantes de elementos necesarios de un hermano mellizo y siempre tratándose de niños. Créame que le hemos hecho todo lo posible y lo imposible.

—Lo sé, ¡pero quisiera hacer tanto por él!

—Ha hecho todo lo que ha podido, usted también. ¿Está decidido a llevárselo?

—Sí.

— ¿No sería mejor dejarlo aquí hasta que llegue su momento? Después de todo, no tiene remedio.

—No. Si ha de morir, le llevaré con sus amigos.

—Lo que usted diga. Tendrá los documentos preparados para sacarlo del hospital cuando lo requiera, no habrá problemas. En un centro médico, lo único que podemos hacer ya es ayudarle en su último trance.

M. P. Savage hubiera deseado hablar con Leonard en aquellos momentos, mas comprendió que resultaba imposible y abandonó la habitación dejándole solo, pues ni Ricky ni Juanito Chancleta estaban allí.

—Es una lástima, un joven tan vigoroso; pero si le mostrara otros casos, de niños incluso, comprendería que esta enfermedad no respeta edades ni sexos. Su amigo la sobrelleva con una entereza ejemplar; sabe que va a morir y no se ha quejado en absoluto.

—Lo sé, ha aceptado su destino. Me gustaría que otros muchachos más afortunados que él lo tomaran como ejemplo.

—Eso es difícil, tal como veo la juventud hoy —opinó el médico, pesimista.

—La juventud no tiene toda la culpa, doctor.

El médico movió la cabeza, dubitativo.

— ¿Qué me dice de esos grupos de muchachos que recorren las noches de todas las ciudades del mundo?

—Todas las ciudades, no, y dejando al margen esa puntualización, digamos que ellosno aceptan una sociedad que se les impone, una sociedad que rechaza a quien trata de cambiarla y ellos la rechazan a ella, a su vez. Existe un divorcio total e insisto en que los muchachos no son todo lo culpables que parecen.

—Los hay que asesinan por unos pocos dólares, son como ñeras.

—Cuando llegan a esos extremos, admito que ya poco se puede hacer por ellos; pero



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